martes, 8 de diciembre de 2009
El Puente de Londres
Esta excursión la hicimos con un pequeño grupo y nuestro conductor / guía nos contó una historia muy divertida.
Uno de los lugares que se visitan se llama “El Puente de Londres” y es una enorme roca en forma de arco que se encuentra en el mar, separada de la costa por unos 15 metros.
A principios de los 90, esta roca se encontraba unida a tierra firme y era común que la gente se paseara por ahí, pero un día, de repente, el trozo de roca que la unía con tierra firme se cayó. Ese día también había excursionistas, afortunadamente cuando se dieron cuenta de que se estaba derrumbando y empezaron a correr, casi todos quedaron del lado de tierra firme, pero hubo una pareja que se quedó aislada en la roca.
Los que consiguieron llegar a tierra firme llamaron a la policía. Cuando les decían que “se ha caído el puente de Londres” la policía les tomaba por bromistas y les colgaba. Llamaron tantas veces que por fin la policía les creyó. Dado que la única manera de ayudar a los que habían quedado aislados era mandándoles un helicóptero, estuvieron mirando diferentes opciones: los helicópteros de salvamento se encontraban ocupados en otra misión, por lo que avisaron a las empresas de la zona, que alquilan helicópteros para que los turistas sobrevuelen la zona, pero éstas les dijeron que no podían ir hasta al cabo de cinco horas ya que estaban ocupados y por último contactaron con el helicóptero de un canal de televisión, de los que informan sobre el tráfico en las carreteras, que sí se ofrecieron a acudir a su rescate.
Cuando el helicóptero aterrizó en la roca, se dio cuenta de que la pareja se escondía de ellos, por más que les llamaban no querían salir. Cuando por fin les convencieron de que estaban ahí para ayudarles y no para reportar la noticia, se subieron al aparato, no sin antes taparse la cara para no ser reconocidos por las cámaras.
Una vez llevados a tierra firme, la pareja bajó corriendo del helicóptero e intentó escapar de la policía y de los medios de comunicación y meterse en su coche, pero la policía les paró ya que tenían que testimoniar lo ocurrido.
Tanto misterio sobre por qué no querían ser reconocidos fue resuelto al día siguiente cuando el periódico sensacionalista publicó que el hombre le había dicho a su mujer que tenía un viaje de negocios y la mujer le había dicho a su marido que iba a pasar el día con unas amigas.
sábado, 10 de octubre de 2009
Un taxista (y un amor)
Así que salí a la calle y paré un taxi, conducido por un señor de unos sesenta años. Una vez dentro, aproveché para llamar a una amiga de la infancia, con la que hablo en mallorquín. Cuando colgué, el taxista, con quien apenas había cruzado palabra, me preguntó que de dónde era, que había notado que hablaba catalán, pero se había dado cuenta de que el acento no era de Catalunya, así que le conté que era de Mallorca, yo le pregunté que de donde era él, me dijo que gallego, pero que llevaba en Madrid muchos años y bueno, ahí estaba yo de palique tonto y pensando que ésta sería una de esas conversaciones triviales que se tienen en los taxis, sin imaginar que estaban a punto de regalarme una preciosa historia.
No sé que le debí preguntar pero de pronto me comentó que su padre era de Los Angeles. Eso me llamó mucho la atención, por los vínculos que tengo con esa ciudad y porque realmente no me pegaba nada que este hombre fuera medio "angelino".
Así que indagué un poco más en esa parte de la historia y fue cuando me contó lo siguiente:
Su padre era de Los Angeles y su madre española y nació y se crió en España. Pero cuando tenía 20 años, es decir, en los años 60, decidió irse con su hermano a LA a montar un negocio (me debió decir de qué pero desgraciadamente no me acuerdo) Les iban muy bien las cosas, se compraron una casa, estaban viviendo la American Way of Life y él decidió tomarse unas vacaciones y venir a España. Aterrizó en Barajas, bajó del avión y se subió al autobús que lo llevaría a la terminal. En ese momento, aterrizó un avión de París y tuvieron que compartir el autobús (me contó que eso era normal en ese entonces) y vio como se subía una francesa guapísima, con su minifalda y su look moderno, a la que le cedió su asiento y en quien se quedó pensando.
Al cabo de unos días, paseaba con un amigo por la calle Fuencarral, cuando se le cruzó la misma chica. Le dijo a su amigo "Mira, esa chica es una francesita con la que coincidí el otro día en aeropuerto, qué guapa, ¿verdad?" y para su sorpresa, la chica se le acercó y en perfecto castellano le dijo "¿Estás hablando de mi?"
Resultó que era hija de inmigrantes españoles.
Llegado este punto de la historia, ya habíamos llegado a nuestro destino, la oficina del rent a car de Chamartín, pero yo estaba fascinada con el relato y casi con lágrimas en los ojos le pedí que por favor acabara de contármela.
Empezaron a hablar y ella les dijo que ese día cumplía 18 años, a lo que él respondió "Pues eso habrá que celebrarlo" así que quedaron esa misma tarde.
Al cabo de unos días, el taxista llamó a su hermano y le dijo "quédate la casa, quédate el negocio, que yo me quedo aquí" (perdonad la licencia en esta última frase, pero recuerdo que era algo así de rotundo)
Me contó que seguían felices y enamorados, después de treinta y tantos años juntos y tras secarme las lágrimas y darle las gracias por hacerme partícipe de esa parte de su vida, pagué y me fui a recoger la furgoneta.
Cuando entré en la oficina, me atendió un chico joven. Estaba tan emocionada que sin pensar en lo que hacía le dije "¿Te importa que te cuente una historia preciosa? ¡Necesito compartirla!." Por fortuna le encantó y quien sabe si esa misma tarde también la compartió con alguien...
martes, 22 de septiembre de 2009
El árbol
Esta historia le ocurrió a mi compañera de piso en Barcelona, Pilar. Cuando me la contó, no pude más que transcribirla, y aquí la tenéis tal cual ocurrió:
Estaba tendiendo la ropa cuando he visto a nuestro vecino Enrique asomado por la ventana de su piso hablando en voz alta y aguantando una pistola. Él me ha visto y esta ha sido nuestra conversación:
Enrique: Hola
Pilar: Hola ¿estás hablando solo?
Enrique: No, estoy hablando con el árbol. Es que es un árbol muy especial. Llevo varios días observándolo y las ramas le crecen y se encogen.
Pilar: Ah…
Enrique: He cortado un trocito de rama que estaba al lado de mi ventana, me he ido y cuando he vuelto, había retrocedido.
Pilar: Hombre, pues ya es raro, ya. Yo he visto ramas que cambian la forma, pero encogerse…
Enrique: Sí, sí. Además, el tronco tiene por arriba unas luces amarillas que van dando vueltas. Sube y las ves.
Pilar: No, si ya las veo desde aquí. ¿Qué tienes ahí? ¿Una pistola?
Enrique: Sí, es de perdigones. Estaba amenazando al árbol.
Pilar: ¿Y eso?
Enrique: Es que aquella hoja de ahí me ha tapado la cara del árbol.
Pilar: Claro.
Enrique: Sí, estaba mirando la cara del árbol y la hoja se ha puesto delante para que no mirara.
Pilar: Vale, luego saldré para ver si ha crecido.
Enrique: Sí, ya verás, ya verás.
domingo, 13 de septiembre de 2009
Metro de Bellas Artes
Mario es uno de mis mejores amigos y vive en Ciudad de México. Hace unos años fui a visitarle. El avión llegó por la noche, fuimos a cenar y como andaba yo jet-laggeada quedamos en que al día siguiente mientras él estaba trabajando de 9 a 15, yo me quedaría en su casa, durmiendo lo que pudiera y a lo sumo saliendo a dar una vuelta por su barrio. Decidimos que nos encontraríamos a las 15:30 en la parada de metro más cercana a su casa para ya de ahí ir a comer juntos.
Por la mañana, cuando Mario ya se había ido y yo estaba durmiendo, sonó el teléfono de su casa. Lo cogí. Una voz masculina me preguntó por Mario. La voz me resultaba familiar…¿Roberto? ¡Soy Belén, la amiga española de Mario!
Roberto es un amigo de Mario al que había conocido en un viaje previo y con quien congenié en ese entonces. Lo último que sabía de él es que se había ido a vivir al sur del país hacía unos años. Así que fue una grata sorpresa descubrir que la razón por la que había llamado a Mario es porque se encontraba en Ciudad de México por un asunto de trabajo sólo por ese día y quería saber si éste tendría tiempo de ir a comer con él. Como no podíamos contactar con él y yo tenía muchísimas ganas de ver a Roberto, quedé con él a las 14 horas. Roberto me dijo que cogiera el metro hasta la parada de “Bellas Artes” en el centro y que me quedara quietecita en el andén hasta que él llegara.
Así que, aún sin poder avisar a Mario y ya rompiendo mi promesa de quedarme por el barrio, cogí el metro para ver a Roberto.
Cuando bajé en Bellas Artes, me puse a esperar a mi amigo, quien tardó un poquito en llegar, apoyada en la pared del andén y durante mi espera vi pasar unos cuantos trenes. Nos encontramos, fuimos a comer y regresé corriendo a mi punto original de encuentro con Mario, aunque llegué una media hora tarde, dadas las circunstancias.
En cuanto Mario me vio, noté que estaba un poco raro. Supuse que era por la sorpresa de verme aparecer por la boca del metro en vez de por la calle. Así que lo primero que le dije fue “¡No vas a creer lo que me ha pasado!” para acto seguido, contarle toda mi aventura del encuentro con Roberto.
¿Y dónde quedaron exactamente para verse? – me preguntó - En el andén del metro de Bellas Artes – le respondí yo.
Aliviado, Mario me dijo: No te lo vas a creer, pero te he visto.
- ¿Cómo que me has visto? –
- Sí, tuve que salir a hacer unos recados del trabajo y decidí coger el metro. Justamente tomé una línea que pasa por Bellas Artes. Cuando el tren paró en esa estación y se abrieron las puertas, estabas justo delante de mi, paradita, mirando hacia ambos lados de la estación, como buscando a alguien. Esa estación es una de las que se usan para compra y venta de drogas, así que no daba crédito, pensaba que tal vez habías venido aquí para hacer negocios turbios, en vez de para verme a mi...
martes, 1 de septiembre de 2009
Los 3 consejos de un ángel en San Francisco
En la intersección de Colombus and Broadway, uno de mis cruces favoritos del planeta, pegadito a la famosa librería City Lights, hay un café maravilloso llamado Vesuvio, uno de los clásicos de la ciudad.
Estuvimos dando una vuelta por la librería pero estaba un poco cansada por lo que decidí esperar a mis amigos en el Vesuvio. Estaba metida de lleno en un libro y ansiosa por continuar leyéndolo. Así que me busqué una mesa apartada y me dispuse a leer.
Al poco tiempo apareció un señor y se sentó a mi lado. Tendría unos 60 años, pero tal vez era más joven o más viejo (a los 19 años es muy difícil diferenciar 50 de 70) en el que curiosamente me había fijado el día anterior, cuando habíamos tomado nuestro primer café en el Vesuvio, ya que tenía una cara muy peculiar, simpática y entrañable. Sabía que se llamaba Andy porque alguien le había llamado y me había quedado con su nombre.
A Andy también le debí haber llamado la atención, porque quedó claro al poco tiempo de estar a mi lado que el único propósito de haberse sentado conmigo era darme tres consejos que marcarían el resto de mi vida.
Cuando se sentó y me dijo "hola" yo le miré y le dije "hola" pero seguí leyendo. No le hice mucho caso. Pero él empezó a preguntarme y a contarme cosas por lo que empecé a hablar con él, no sé muy bien de qué. Eso sí, cada pregunta que me hacía tenía como objetivo conseguir que yo aprendiera algo.
En ese entonces, tenía yo la mala costumbre de llevar las mangas siempre estiradas hacia abajo, tapándome con ellas las manos. A Andy no le gustó nada. Por lo que lo primero que me dijo fue:
¿Qué haces con las mangas hasta abajo? ¡Arremángate! ¡Hay que ir siempre arremangado!
También consideró necesario llamarme la atención sobre un género musical por el que nunca había yo demostrado un especial interés.
Niña. Escucha, escucha lo que está sonando ahora. Es jazz. ¡Escucha jazz!
Y por último, me dio un consejo que no necesita muchas explicaciones y que de cierta manera resume el secreto de la felicidad:
¡Huele las flores!
Así que si alguna vez estoy triste o no sé que hacer con mi vida o siento que las cosas no me van bien y que tengo que hacer algo para cambiarlas, me acuerdo de que siempre que vaya arremangada, escuchando jazz y oliendo las flores, las cosas no pueden estar yendo tan mal.