martes, 1 de septiembre de 2009

Los 3 consejos de un ángel en San Francisco

Cuando tenía unos 19 años, viajé por primera vez a San Francisco con unos amigos.

En la intersección de Colombus and Broadway, uno de mis cruces favoritos del planeta, pegadito a la famosa librería City Lights, hay un café maravilloso llamado Vesuvio, uno de los clásicos de la ciudad.

Estuvimos dando una vuelta por la librería pero estaba un poco cansada por lo que decidí esperar a mis amigos en el Vesuvio. Estaba metida de lleno en un libro y ansiosa por continuar leyéndolo. Así que me busqué una mesa apartada y me dispuse a leer.

Al poco tiempo apareció un señor y se sentó a mi lado. Tendría unos 60 años, pero tal vez era más joven o más viejo (a los 19 años es muy difícil diferenciar 50 de 70) en el que curiosamente me había fijado el día anterior, cuando habíamos tomado nuestro primer café en el Vesuvio, ya que tenía una cara muy peculiar, simpática y entrañable. Sabía que se llamaba Andy porque alguien le había llamado y me había quedado con su nombre.

A Andy también le debí haber llamado la atención, porque quedó claro al poco tiempo de estar a mi lado que el único propósito de haberse sentado conmigo era darme tres consejos que marcarían el resto de mi vida.

Cuando se sentó y me dijo "hola" yo le miré y le dije "hola" pero seguí leyendo. No le hice mucho caso. Pero él empezó a preguntarme y a contarme cosas por lo que empecé a hablar con él, no sé muy bien de qué. Eso sí, cada pregunta que me hacía tenía como objetivo conseguir que yo aprendiera algo.

En ese entonces, tenía yo la mala costumbre de llevar las mangas siempre estiradas hacia abajo, tapándome con ellas las manos. A Andy no le gustó nada. Por lo que lo primero que me dijo fue:

¿Qué haces con las mangas hasta abajo? ¡Arremángate! ¡Hay que ir siempre arremangado!

También consideró necesario llamarme la atención sobre un género musical por el que nunca había yo demostrado un especial interés.

Niña. Escucha, escucha lo que está sonando ahora. Es jazz. ¡Escucha jazz!

Y por último, me dio un consejo que no necesita muchas explicaciones y que de cierta manera resume el secreto de la felicidad:

¡Huele las flores!

Así que si alguna vez estoy triste o no sé que hacer con mi vida o siento que las cosas no me van bien y que tengo que hacer algo para cambiarlas, me acuerdo de que siempre que vaya arremangada, escuchando jazz y oliendo las flores, las cosas no pueden estar yendo tan mal.

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