martes, 22 de septiembre de 2009

El árbol

Esta historia le ocurrió a mi compañera de piso en Barcelona, Pilar. Cuando me la contó, no pude más que transcribirla, y aquí la tenéis tal cual ocurrió:


Estaba tendiendo la ropa cuando he visto a nuestro vecino Enrique asomado por la ventana de su piso hablando en voz alta y aguantando una pistola. Él me ha visto y esta ha sido nuestra conversación:


Enrique: Hola


Pilar: Hola ¿estás hablando solo?


Enrique: No, estoy hablando con el árbol. Es que es un árbol muy especial. Llevo varios días observándolo y las ramas le crecen y se encogen.


Pilar: Ah…


Enrique: He cortado un trocito de rama que estaba al lado de mi ventana, me he ido y cuando he vuelto, había retrocedido.


Pilar: Hombre, pues ya es raro, ya. Yo he visto ramas que cambian la forma, pero encogerse…


Enrique: Sí, sí. Además, el tronco tiene por arriba unas luces amarillas que van dando vueltas. Sube y las ves.


Pilar: No, si ya las veo desde aquí. ¿Qué tienes ahí? ¿Una pistola?


Enrique: Sí, es de perdigones. Estaba amenazando al árbol.


Pilar: ¿Y eso?


Enrique: Es que aquella hoja de ahí me ha tapado la cara del árbol.


Pilar: Claro.


Enrique: Sí, estaba mirando la cara del árbol y la hoja se ha puesto delante para que no mirara.


Pilar: Vale, luego saldré para ver si ha crecido.


Enrique: Sí, ya verás, ya verás.

domingo, 13 de septiembre de 2009

Metro de Bellas Artes

Mario es uno de mis mejores amigos y vive en Ciudad de México. Hace unos años fui a visitarle. El avión llegó por la noche, fuimos a cenar y como andaba yo jet-laggeada quedamos en que al día siguiente mientras él estaba trabajando de 9 a 15, yo me quedaría en su casa, durmiendo lo que pudiera y a lo sumo saliendo a dar una vuelta por su barrio. Decidimos que nos encontraríamos a las 15:30 en la parada de metro más cercana a su casa para ya de ahí ir a comer juntos.


Por la mañana, cuando Mario ya se había ido y yo estaba durmiendo, sonó el teléfono de su casa. Lo cogí. Una voz masculina me preguntó por Mario. La voz me resultaba familiar…¿Roberto? ¡Soy Belén, la amiga española de Mario!


Roberto es un amigo de Mario al que había conocido en un viaje previo y con quien congenié en ese entonces. Lo último que sabía de él es que se había ido a vivir al sur del país hacía unos años. Así que fue una grata sorpresa descubrir que la razón por la que había llamado a Mario es porque se encontraba en Ciudad de México por un asunto de trabajo sólo por ese día y quería saber si éste tendría tiempo de ir a comer con él. Como no podíamos contactar con él y yo tenía muchísimas ganas de ver a Roberto, quedé con él a las 14 horas. Roberto me dijo que cogiera el metro hasta la parada de “Bellas Artes” en el centro y que me quedara quietecita en el andén hasta que él llegara.


Así que, aún sin poder avisar a Mario y ya rompiendo mi promesa de quedarme por el barrio, cogí el metro para ver a Roberto.


Cuando bajé en Bellas Artes, me puse a esperar a mi amigo, quien tardó un poquito en llegar, apoyada en la pared del andén y durante mi espera vi pasar unos cuantos trenes. Nos encontramos, fuimos a comer y regresé corriendo a mi punto original de encuentro con Mario, aunque llegué una media hora tarde, dadas las circunstancias.


En cuanto Mario me vio, noté que estaba un poco raro. Supuse que era por la sorpresa de verme aparecer por la boca del metro en vez de por la calle. Así que lo primero que le dije fue “¡No vas a creer lo que me ha pasado!” para acto seguido, contarle toda mi aventura del encuentro con Roberto.


¿Y dónde quedaron exactamente para verse? – me preguntó - En el andén del metro de Bellas Artes – le respondí yo.

Aliviado, Mario me dijo: No te lo vas a creer, pero te he visto.

- ¿Cómo que me has visto? –

- Sí, tuve que salir a hacer unos recados del trabajo y decidí coger el metro. Justamente tomé una línea que pasa por Bellas Artes. Cuando el tren paró en esa estación y se abrieron las puertas, estabas justo delante de mi, paradita, mirando hacia ambos lados de la estación, como buscando a alguien. Esa estación es una de las que se usan para compra y venta de drogas, así que no daba crédito, pensaba que tal vez habías venido aquí para hacer negocios turbios, en vez de para verme a mi...


En una ciudad con más de 15 millones de habitantes, esta historia es, cuando menos, curiosa.

martes, 1 de septiembre de 2009

Los 3 consejos de un ángel en San Francisco

Cuando tenía unos 19 años, viajé por primera vez a San Francisco con unos amigos.

En la intersección de Colombus and Broadway, uno de mis cruces favoritos del planeta, pegadito a la famosa librería City Lights, hay un café maravilloso llamado Vesuvio, uno de los clásicos de la ciudad.

Estuvimos dando una vuelta por la librería pero estaba un poco cansada por lo que decidí esperar a mis amigos en el Vesuvio. Estaba metida de lleno en un libro y ansiosa por continuar leyéndolo. Así que me busqué una mesa apartada y me dispuse a leer.

Al poco tiempo apareció un señor y se sentó a mi lado. Tendría unos 60 años, pero tal vez era más joven o más viejo (a los 19 años es muy difícil diferenciar 50 de 70) en el que curiosamente me había fijado el día anterior, cuando habíamos tomado nuestro primer café en el Vesuvio, ya que tenía una cara muy peculiar, simpática y entrañable. Sabía que se llamaba Andy porque alguien le había llamado y me había quedado con su nombre.

A Andy también le debí haber llamado la atención, porque quedó claro al poco tiempo de estar a mi lado que el único propósito de haberse sentado conmigo era darme tres consejos que marcarían el resto de mi vida.

Cuando se sentó y me dijo "hola" yo le miré y le dije "hola" pero seguí leyendo. No le hice mucho caso. Pero él empezó a preguntarme y a contarme cosas por lo que empecé a hablar con él, no sé muy bien de qué. Eso sí, cada pregunta que me hacía tenía como objetivo conseguir que yo aprendiera algo.

En ese entonces, tenía yo la mala costumbre de llevar las mangas siempre estiradas hacia abajo, tapándome con ellas las manos. A Andy no le gustó nada. Por lo que lo primero que me dijo fue:

¿Qué haces con las mangas hasta abajo? ¡Arremángate! ¡Hay que ir siempre arremangado!

También consideró necesario llamarme la atención sobre un género musical por el que nunca había yo demostrado un especial interés.

Niña. Escucha, escucha lo que está sonando ahora. Es jazz. ¡Escucha jazz!

Y por último, me dio un consejo que no necesita muchas explicaciones y que de cierta manera resume el secreto de la felicidad:

¡Huele las flores!

Así que si alguna vez estoy triste o no sé que hacer con mi vida o siento que las cosas no me van bien y que tengo que hacer algo para cambiarlas, me acuerdo de que siempre que vaya arremangada, escuchando jazz y oliendo las flores, las cosas no pueden estar yendo tan mal.