sábado, 10 de octubre de 2009

Un taxista (y un amor)

Hace unos años, en una de tantas mudanzas, alquilé una furgoneta para recoger en la estación de Nuevos Ministerios, en Madrid. Cuando llegué a la oficina de alquiler de vehículos, habían cometido un error mandando mi furgoneta a la estación de Chamartín, que se encuentra unos kilómetros más arriba. Dado que era fallo suyo, me pagaron un taxi para ir de una estación a otra.

Así que salí a la calle y paré un taxi, conducido por un señor de unos sesenta años. Una vez dentro, aproveché para llamar a una amiga de la infancia, con la que hablo en mallorquín. Cuando colgué, el taxista, con quien apenas había cruzado palabra, me preguntó que de dónde era, que había notado que hablaba catalán, pero se había dado cuenta de que el acento no era de Catalunya, así que le conté que era de Mallorca, yo le pregunté que de donde era él, me dijo que gallego, pero que llevaba en Madrid muchos años y bueno, ahí estaba yo de palique tonto y pensando que ésta sería una de esas conversaciones triviales que se tienen en los taxis, sin imaginar que estaban a punto de regalarme una preciosa historia.

No sé que le debí preguntar pero de pronto me comentó que su padre era de Los Angeles. Eso me llamó mucho la atención, por los vínculos que tengo con esa ciudad y porque realmente no me pegaba nada que este hombre fuera medio "angelino".

Así que indagué un poco más en esa parte de la historia y fue cuando me contó lo siguiente:

Su padre era de Los Angeles y su madre española y nació y se crió en España. Pero cuando tenía 20 años, es decir, en los años 60, decidió irse con su hermano a LA a montar un negocio (me debió decir de qué pero desgraciadamente no me acuerdo) Les iban muy bien las cosas, se compraron una casa, estaban viviendo la American Way of Life y él decidió tomarse unas vacaciones y venir a España. Aterrizó en Barajas, bajó del avión y se subió al autobús que lo llevaría a la terminal. En ese momento, aterrizó un avión de París y tuvieron que compartir el autobús (me contó que eso era normal en ese entonces) y vio como se subía una francesa guapísima, con su minifalda y su look moderno, a la que le cedió su asiento y en quien se quedó pensando.

Al cabo de unos días, paseaba con un amigo por la calle Fuencarral, cuando se le cruzó la misma chica. Le dijo a su amigo "Mira, esa chica es una francesita con la que coincidí el otro día en aeropuerto, qué guapa, ¿verdad?" y para su sorpresa, la chica se le acercó y en perfecto castellano le dijo "¿Estás hablando de mi?"
Resultó que era hija de inmigrantes españoles.

Llegado este punto de la historia, ya habíamos llegado a nuestro destino, la oficina del rent a car de Chamartín, pero yo estaba fascinada con el relato y casi con lágrimas en los ojos le pedí que por favor acabara de contármela.

Empezaron a hablar y ella les dijo que ese día cumplía 18 años, a lo que él respondió "Pues eso habrá que celebrarlo" así que quedaron esa misma tarde.

Al cabo de unos días, el taxista llamó a su hermano y le dijo "quédate la casa, quédate el negocio, que yo me quedo aquí" (perdonad la licencia en esta última frase, pero recuerdo que era algo así de rotundo)

Me contó que seguían felices y enamorados, después de treinta y tantos años juntos y tras secarme las lágrimas y darle las gracias por hacerme partícipe de esa parte de su vida, pagué y me fui a recoger la furgoneta.

Cuando entré en la oficina, me atendió un chico joven. Estaba tan emocionada que sin pensar en lo que hacía le dije "¿Te importa que te cuente una historia preciosa? ¡Necesito compartirla!." Por fortuna le encantó y quien sabe si esa misma tarde también la compartió con alguien...

No hay comentarios:

Publicar un comentario